La historia de la fundación de Comandante Andresito

Cuando un árbol no es paisaje, sino destino

Hay novelas que narran hechos.
Y hay otras que construyen identidad.
El Soita pertenece a esta última categoría.

La obra entrelaza historia y mito alrededor de la fundación de Comandante Andresito, en Misiones, pero lo hace desde una perspectiva singular: el eje no es un héroe humano, sino un árbol. El soita (también llamado “azota caballos”) se convierte en protagonista simbólico y espiritual de un territorio que se está forjando.

A lo largo de los relatos, el árbol no es mero espectador: es señal, es misión, es memoria. Para el teniente coronel Jáuregui, tocar su corteza significa comprender que su destino es fundar un pueblo. Para Benito Katu, el soita es una marca del Gran Espíritu que guía su senda. Para otros personajes (como Don Chinelo o Pacheco) el árbol actúa como espejo, como recordatorio de identidad y propósito. Cada encuentro con el soita es una revelación.

En este punto, la novela se eleva por encima del relato histórico tradicional. No solo narra la vida militar, la dureza de los obrajes yerbateros o la lucha en la selva virgen. También incorpora la mística guaraní, las leyendas del tesoro jesuita, el sacrificio y los amores trágicos que quedan enterrados bajo sus raíces. El árbol protege oro, sí, pero sobre todo resguarda memoria.

El episodio del tesoro (las treinta bolsas del Fondo de Resguardo del Patrimonio Cultural Guaraní ocultas por Itaeté tras la expulsión jesuítica) no funciona únicamente como aventura. El soita plantado sobre ese secreto se convierte en guardián de un legado cultural. De todas las semillas sembradas, solo una germina. Esa persistencia es metáfora del pueblo mismo: sobrevivir es ya una forma de trascendencia.

La fundación de Comandante Andresito aparece entonces no solo como un hecho histórico, sino como cumplimiento de un destino compartido entre hombres y naturaleza. El árbol es “punta de lanza” en el monte y promesa de expansión: raíces que se hunden, ramas que se multiplican como familias.

Incluso su caída final no implica desaparición. Porque el simbolismo más profundo del soita es este: mientras el acontecimiento que señala sea recordado, él también seguirá existiendo. La perpetuidad no está en la madera, sino en la memoria colectiva.

En tiempos donde el progreso suele borrar huellas, El Soita propone una reflexión necesaria: la verdadera trascendencia no está en el éxito individual ni en el oro enterrado, sino en las raíces compartidas que sostienen la identidad de un pueblo.

Más que una novela histórica, es un homenaje a los pioneros anónimos, a la cosmovisión guaraní y a la mística profunda del territorio misionero.

Y en ese homenaje, el árbol sigue de pie.

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