Morder el anzuelo fue mi primer acercamiento a la escritura de Tessa Bailey, y también uno de esos libros que llegan sin demasiadas expectativas, atraen primero por la tapa (sus colores, su estética amable) y terminan sorprendiendo por el lugar emocional al que conducen.

Desde el inicio, la novela propone algo distinto. El prólogo, construido a través de mensajes de WhatsApp entre Fox y Hannah, funciona como una puerta de entrada eficaz y actual. No solo resulta original, sino que establece de inmediato el tono del vínculo: cercano, cómplice, con una intimidad que se va construyendo en pequeños intercambios. Ese recurso narrativo fue, en mi caso, el primer punto de conexión con la historia.

La lectura mantiene un ritmo constante desde el comienzo. No hubo tramos tediosos ni momentos en los que sintiera que la historia se diluía. Por el contrario, el relato avanza combinando el presente del vínculo entre los protagonistas con fragmentos de sus historias personales: la relación de Hannah con su padre, el lugar que ocupa Fox dentro de su familia y su comunidad, y las expectativas que otros proyectan sobre él. Todo esto aporta contexto sin sobrecargar la narración.

Hannah es un personaje que, al menos desde mi experiencia lectora, no busca generar identificación directa. Más bien aparece como alguien que se mueve en segundo plano dentro de su propia vida, con ciertas inseguridades y una tendencia a no asumirse como protagonista. En ese sentido, no conecté con ella como individuo, sino con la dinámica que se genera entre ambos personajes.

Y es ahí donde la novela encuentra su mayor fortaleza: en el vínculo.

Fox Thornton es presentado ante el mundo como un seductor, un “Casanova” construido por la mirada ajena. Sin embargo, a medida que avanza la historia, esa imagen empieza a resquebrajarse. Fox es un personaje atravesado por emociones que no sabe del todo cómo gestionar, alguien que desea profundamente pero que elige acercarse desde el lugar de la amistad, demostrando interés a través de gestos pequeños y acciones concretas más que desde el despliegue grandilocuente.

Lo que más me resonó de esta novela fue justamente esa representación de la vulnerabilidad masculina. Fox se cansa de sostener un personaje que no lo representa, de cumplir con una expectativa que otros construyeron sobre él. Y cuando finalmente decide mostrarse tal cual es (con palabras, con lágrimas, con miedo a perder) lo hace sin reservas. No desde la pose, sino desde la honestidad emocional.

Morder el anzuelo es, en esencia, un romance reconfortante, pero no se queda solo en eso. Deja una reflexión que permanece: la idea de que la sensibilidad, la ternura y la expresión emocional no debilitan, sino que construyen vínculos más genuinos. Que un hombre pueda decir lo que siente, mostrarse vulnerable y elegir con claridad no lo vuelve menos deseable, sino más humano.

Si bien es una novela juvenil, no se limita a ese público. Puede ser leída por cualquiera que todavía crea (o quiera volver a creer) en historias donde el amor se construye desde el cuidado, la presencia y la palabra. No es un libro que busque ser inolvidable ni revolucionario, pero sí es uno de esos relatos que abrigan, que acompañan y que dejan una sensación amable al cerrar la última página.

En lo personal, es un libro que no descarto releer en otro momento. No solo por la historia, sino por lo que recuerda: que todavía existen narrativas donde la sensibilidad masculina no es un defecto, sino el corazón mismo del amor.

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